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En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de "cristianos" (Hechos 11, 26)

Consagración episcopal

consagracionEn el domingo 10 de julio de 2011 Su Beatitud Ignacio IV, Patriarca de Antioquía celebró la divina liturgia en la Catedral “Mariamíe” de Damasco acompañado de doce entre arzobispos y obispos, miembros del Santo Sínodo Antioqueno, y durante esta ceremonia ordenaron al reverendo Archimandrita Ignacio Samaán como obispo auxiliar para nuestra arquidiócesis, y a otros dos obispos auxiliares para el patriarcado.

En su homilía Su Beatitud determinó las características que debe tener un obispo y dio testimonio de los nuevos ordenados detallando sus méritos para que fuesen elegidos para su nuevo desempeño.

Al final de la liturgia recibió cada obispo de manos del Patriarca una mitra y un báculo como símbolos de su nuevo cargo, y cada uno de los nuevos obispos dio unas palabras de agradecimiento.

Posteriormente Su  Eminencia Nuestro Arzobispo invitó a todos a una comida por tan importante evento y durante ella dirigió unas palabras a los presentes, felicitando a los nuevos obispos y especialmente a nuestro obispo auxiliar.

También en esta  pagina queremos felicitar a nuestros queridos Arzobispo Antonio y Obispo Ignacio y pedimos a Dios con nuestra oración que los conserve por muchos años para bien de nuestro Arquidiócesis.

Presentación de la consagración

A continuación transcribimos las palabras se agradecimiento que el obispo  Ignacio nos dirigió después de la liturgia:

Su Beatitud, Patriarca Ignacio IV y Sus Eminencias Reverendísimas, Metropolitas y miembros del Santo Sínodo Antioqueno: Primeramente, es menester agradecerles profundamente por la confianza y la bendición que me han brindado para que reciba tal dádiva divina. Les pido mantenerme en sus oraciones para que la Gracia no deje de “perfeccionar lo faltante y sanar toda debilidad”, de tal modo que la gloria de Dios se manifieste en mi humilde servicio esplendorosa, tal como es.

Cuando he meditado en mi ministerio sacerdotal durante los últimos diez años en esta bendita tierra de la propagación, viene a mi mente una pregunta que toca las fibras más profundas de vocación clerical: ¿Qué significa que mi Iglesia –la Iglesia Ortodoxa Antioquena– esté en estas tierras? ¿Qué es lo que hace que los fieles y los “curiosos” espirituales acudan a ella? ¿Qué es lo que la hace tan atrayente? ¿Cuál es su misión en tal contexto?

En medio de esta ola de interrogaciones pasaron por mi memoria tres experiencias de mi peregrinaje por esta vida, de las cuales he entresacado los elementos conformando unborrador sobre las posibles respuestas, las cuales con la Gracia de Dios, no dejaré de buscar.

En este día bendito me gustaría compartir con ustedes estas tres:

La primera experiencia, la llamaré “Damasco”. En ella está mi familia: mi padre, mi madre, mis hermanos; una familia unida, tradicional y cristiana. El padre, con sencillez y decoro evangélicos, educa a los hijos; la madre entrega su vida entera con alegría dando así ejemplo del amor verdadero distante de la burda imitación que se exhibe hoy en el mundo del consumismo. En mi Damasco se localiza también el barrio del Al-Kassa, donde la iglesia de la Santa Cruz es conocido como el lugar más buscado por los jóvenes, el punto de la cita con los amigos, la escuela dominical, el sano entretenimiento, las alegrías, las oraciones en común,  siendo en la misma callé donde está la casa del abuela y en la cual festejábamos el domingo de Pentecostés; De ahí mismo parten mis recuerdos de las tradiciones de la Iglesia damascena. El lunes de la Semana de Pascua, íbamos toda familia a la Iglesia del Mariamieh (Catedral del Patriarcado). Al momento de la homilía de Su Beatitud, la escuchábamos con pueril interés y curiosidad. Su sonrisa, su amabilidad, su franqueza y claridad formaron las primeras lecciones de homilética, cuyo espíritu tengo presente  hasta el día de hoy

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. Así también en Damasco, me acuerdo de Su Eminencia el Arzobispo Jorge, ahora el  “Ángel de Homs”, quien me aconsejara, me abrazase como un padre y me apoyara en mi vocación. Ciertamente, Damasco representa para mí  la Iglesia donde la vida cristiana se practica en comunión, en familia, con los amigos. Entonces la primera experiencia  fue en Damasco donde viví el cristianismo como la comunidad y la reunión de los fieles en el transitar de la vida cotidiana.

El segundo cuadro se llama “Balamand”. “Me acordé de los días de antaño y medité todas tus obras…”. Cada vez que recito este versículo sálmico de las Completas, evoco con devoción el monasterio, sus atrios, su iglesia, el instituto, la biblioteca, la escuela preparatoria donde dábamos clases, las vigilias, las clases de coro… En Balamand aprendemos la Teología como si fuera ante todo una “pasión por Dios”. En dicha institución iniciamos el proceso de lo que san Isaac el Sirio denomina “el cambio de las pasiones”. El canto, la homilía, la vigilia, la lectura y el catecismo… ¡qué dulzura espiritual! Eso lo aprendíamos no nada más en las aulas, sino especialmente en la vida de nuestros superiores como fue el caso de Su Eminencia Arzobispo Pablo, el “Ángel de Alepo”, rector del instituto San Juan Damasceno en mis tiempos, a quien le debo mucho por su amor, dirección, cuidado y celo por nuestro bienestar. Ni por un momento sentíamos que él pudiese tener “vacaciones” (siendo la palabra derivada del “vacío”) para ser llenadas con pereza. Este hecho dejó en mí una impronta indeleble. Pensé: entonces el sacerdote –y quizás cada cristiano comprometido con su fe– en su tiempo libre canta, prepara, lee, traduce textos, compone y ora; no tiene ni tiempo ni ganas para hacer lo que no sea “en Cristo”. El enamorado jamás descansa de la memoria de su amado, sino precisamente en su memoria. “Me acordé de los días de antaño”, los cuales son para mí el Balamand, esta tierra santa cuya memoria enciende en mi corazón un arrepentimiento que ha de inflamar en amor.

La tercera experiencia es “el Arzobispado”, cuya dirección geográfica es Pirules 110, Col. Jardines del Pedregal, México D.F., mientras su dirección real se ubica en Antioquía, “la gran Ciudad de Dios”. Sorprendente es este espíritu que ha animado el servicio desde el tiempo de san Juan Crisóstomo cuando los monjes de Antioquía a finales de Siglo IV se apresuraron para defender al pueblo y confrontar su fe. Imposible pasar por alto al “obispo viejito“ Flaviano, quien no evadió el viaje de varios meses para comparecer ante el emperador en defensa de su rebaño. Así mismo San Ignacio de Antioquía, el santo mártir, reunió en su martirio todas las arquidiócesis de los alrededores y se mostró ecuménico, en el sentido de que se preocupó por los demás para acercar y reconciliar a la gente entre sí. Todas estas figuras las he conocido en el arzobispado; donde el servicio es el primer motivo de la desvelada y lo que da significado a la vida. Sayedna Antonio, mi padre y mi maestro, con quien estoy agradecido infinitamente, sirve a las personas y se comunica con ellos personal y entrañablemente, preocupándose por sus necesidades; comprende y realiza las palabras del Señor “no he venido para ser servido sino para servir”, de una manera atrayente para los demás, tanto a los cercanos como a los lejanos. ¡Gracias, mi Señor, porque me has enseñado un amor práctico y una pastoral antioquena original!

Hermanos queridos: en la tierra donde servimos, somos pocos y lo más probable es que nuestros recursos no compitan con los de otros. Sin embargo, nuestra presencia en la mayoría de los casos es peculiar, dulce y agradable, porque, según mi memoria, hemos asimilado los elementos esenciales de mis tres experiencias como cristiano: Damasco, Balamand y el arzobispado antioqueno; alegría en la reunión, amor a Dios que es el motor de cada pastoral, y servicio a Dios en el rostro del prójimo.

Quiera Dios que, por su Gracia y con vuestras oraciones, pueda reflejar con mi episcopado esta autenticidad espiritual, con la que los discípulos de Antioquía sean espejos de la cristiandad ortodoxa pura entre aquellos pueblos piadosos y amados por Dios. Amén.

 

 

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